
Quizá sea este uno de tantos intentos por mantener un hábito, el de dibujar, (también el de escribir y supongo que en general el de expresar), y se quede en nada, o termine en otro período de "sequía" creativa. Quizá incluso este blog se quede finalmente en uno de tantos otros como he tenido y tarde o temprano le dé cerrojazo. Pero el caso es que este tiempo que he tenido abandonado mi blog ha tenido que ver con una etapa en lo personal bastante fructífera en muchos aspectos, y es que mi vida ha cambiado bastante en pocos meses.
El caso es que he vuelto a mi mesa de dibujo, y en consecuencia por aquí; y aunque de momento sólo sea por puro hobbie, puesto que el salto a Madrid se ha pospuesto unos meses más, pretendo sentarme más a menudo a contar cosas, las que leo, veo, me pasan... darme este blog como espacio también para la reflexión, y no sólo para mostrar este o aquel dibujo. Eso sí, me he propuetso acompañar cada entrada con una ilustración mía, má so menos currada.
Así que hoy toca hablar de cine, de Ágora en concreto. Y cuidado, no sea que te desvele algo de la película. Cuidado también con el tono, no puedo evitar ponerme tan serio con algunos temas. :)
Ágora, o la historia de siempre.
Hoy estoy triste, y puede que en parte sea por Ágora, la última película de Alejandro Amenábar. No porque no me gustara, al contrario, me fascinó. La película está muy por encima de algunos reproches que se le han hecho, como la incoherencia histórica de algunos de los hechos que relata. En general, Ágora refleja una historia real, y sólo juega a imaginar hasta dónde pudo llegar el mundo antiguo e Hipatia, la protagonista del filme, si el Imperio romano no hubiese caído un buen día y tras él, la Edad Media lo hubiese borrado todo.
Y decía que supongo que me entristece la reflexión a la que me ha llevado la película, por lo actual de su crítica. Y no sólo al cristianismo. Ágora refleja los hechos que tuvieron lugar en el siglo IV, cuando el cristianismo, lejos ya de estar perseguido comenzó a perseguir a todo aquél que no perteneciera a su credo: paganos primero, judíos después, infieles todos. La historia de siempre, la del principio de imposición que tarde o temprano cualquier religión asume y sus consecuencias sobre las civilizaciones. Ágora cuenta también la singular historia de una mujer, una mujer real que vivió en Alejandría y combatió la persecución y el sometimiento a la religión imperante con una única arma, su amor por la ciencia. Es curioso que apenas nos haya llegado nada de ella, de su figura, importante en su tiempo por ser matemática, filósofa y consejera del poder, “madre y maestra”, como algunos la llamaron, de la nobleza alejandrina. Quizá tenga que ver el hecho de que no se conserven sus obras, aunque seguramente también se deba al hecho de ser mujer. La historia de siempre, el olvido de la Historia sobre sus mujeres.
No hace falta explicar por qué Ágora, a pesar de estar ambientada (tan bien ambientada, subrayemos) en la Alejandría de hace cientos de años, es una historia tan actual. Seguimos sufriendo el mismo fanatismo religioso, el mismo principio de imposición, idéntica lucha de poderes y, lo que es peor, el desprecio por las libertades individuales y civiles, como es la del derecho a decidir en qué creer.
De Ágora pueden desprenderse miles de lecturas, sociopolíticas y culturales. Una de ellas también puede ser la valentía, la coherencia personal de Hipatia, que finalmente murió a manos del cristianismo por no convertirse.
Ágora no es la historia de siempre. No se parece a ninguna película de Amenábar, ni está hecha con los medios habituales del cine español. Es una súper producción aunque eso moleste a ciertos oídos, y no entiendo la doble vara con la que se mide. Todas las semanas llegan a nuestras carteleras grandes pero vacías producciones del otro lado del Atlántico. Las llamamos Hollywood, espectáculo. Ágora también lo es, gran producción en tanto en cuanto no desprecia los grandes medios humanos, artísticos y creativos para su producción, y todo un espectáculo para los sentidos, pero cargado de mensaje. Al hablar de Hollywood no nos sonrojan sus números, pero si los maneja un español la cosa cambia. Pues Ágora no sería la película que es sin su producción, y eso no la hace peor. No sólo hablo de la facilidad para introducirnos en la majestuosa Alejandría gracias a la recreación de sus calles, del interior de sus casas, el ágora o su biblioteca. Sus efectos especiales ayudan a entender el mensaje, como por ejemplo las panorámicas de la Tierra y el Universo dándonos a entender lo pequeños que somos, con el cosmos ahí arriba mirándonos y nosotros (o Alejandría, en la cinta) guerreando por nuestros “pequeños” problemas.
Ágora no es la historia de siempre, de hecho aún no se había contado esta historia, la de la mujer filósofa, la de la lucha que no acaba entre los hombres. Al menos no lo había hecho el cine español, no de este modo, y por mí puede llevarse todos los Goyas y Óscars que quiera.